Fiebre
El mundo de la naturaleza, sea en tierra o en el agua, sea en el trópico o en la estepa fascina por ser una fiesta de las formas: insectos, flores, caracoles… Y al poeta esa forma (esas formas: son un plural infinito) lo mueve a darle otra en su escritura. En todo caso, la mantarraya es el ave de los mares: su nado es vuelo y Muñoz quiere nadar con ella. Por eso busca la gracia en la rima que le llama a celebrar ese nado. Y entonces Mantarraya es ella o soy yo (más bien él), porque ha ganado en la escritura la mayúscula y se vuelve un nombre propio que nos cobija, nos pone una manta, nos acoge bajo su ala. Esa sorpresa del niño en el acuario o del hombre entre las olas no se olvida nunca: deja una honda huella en la piel y en el alma, o más bien en los ojos. Y el poeta busca que esos ojos oigan en la página la canción: volver el nado canto y cumplir entonces el sentido de esa fiebre que lo posee.