Los poetas no tienen musa
No hay musas en este libro. Hay muertos que todavía
hablan, niños que juegan a esconderse en la muerte,
mujeres que cargan la herencia del fuego, padres que no
supieron amar, dioses que se equivocan y espectros que
vienen del interior de los vivos.
Eso es lo primero que el lector debe entender: aquí no
se entra a leer, sino a ser testigo.
Eduardo Tovar Herrera no escribe desde la comodidad
del arte, sino desde el dolor. Cada uno de estos textos es
una herida; breves, afilados, sin ornamento, pero con un
fondo que detona nuestra atención. No buscan consolar,
sino recordar que debajo de las cosas cotidianas –la carretera,
la casa, la escuela, el hospital o la familia– hay
una zona oscura donde lo humano se rompe y algo distinto
empieza a surgir.