Santo y seña
Memorias
En Santo y seña, Alberto Fabián vuelve a los territorios de la infancia para reconstruir, con asombro y ternura, un mundo que parecía perdido: el rancho de San Pedro Ruiz y La Barca, las viejas casonas de adobe, las veredas, los fogones, las tiendas de pueblo, las fiestas religiosas, los trenes, las voces familiares y los personajes que dieron forma a su memoria.
Estas páginas avanzan entre la evocación, la crónica, la confesión y el desvarío. En ellas conviven la alegría de los juegos infantiles, el descubrimiento del mundo y la calidez de la vida comunitaria con las ausencias, los duelos, las heridas y las preguntas que acompañan al paso del tiempo. La memoria no aparece aquí como un archivo inmóvil, sino como una fuerza viva capaz de devolver color, olor y voz a aquello que los años parecían haber borrado.
Con un lenguaje cercano, lleno de giros populares, palabras antiguas y resonancias de la oralidad, el autor rescata también una forma de mirar y nombrar el mundo. Cada recuerdo abre una puerta hacia un Jalisco de rancherías, caminos de tierra, serenatas, radios encendidos, cántaros de barro y conversaciones dichas sin prisa; un paisaje íntimo que, al mismo tiempo, forma parte de una memoria colectiva.
Como señala Verónica López García en el prólogo, en estas páginas «la memoria y la infancia construyen un paisaje de exploración» en el que el pasado vuelve a hacerse presente. Porque toda infancia guarda algo de las demás, Santo y seña invita al lector a reconocerse en sus propias raíces y a regresar, aunque sea por un instante, a ese territorio donde la vida todavía era azoro, descubrimiento y promesa.