Violencia visible, violencia invisible
Género y violencias estructurales
Mucho se ha señalado ya que el sistema patriarcal es desigual e inequitativo. La inequidad entre hombres y mujeres puede tener distintos aspectos: material, fundada en la imposibilidad de competir en igualdad de condiciones en el mercado laboral; y simbólica,
que asigna a unas y otros una serie de características y
capacidades asociadas al sexo, lo que se traduce en un sistema
de dominación, principalmente económico, relativo a la tradicional
imagen del varón proveedor; quien, a partir de ese rol, desarrollaba
atribuciones “naturales” relacionadas con su capacidad de
solventar las necesidades familiares; resultando en un modelo de
relaciones sociales donde la autoridad final del hogar recaía en la
figura de aquel.
Aquí surge una bifurcación de donde parten dos caminos o alternativas
para las mujeres, mismas que invariablemente conducen
hacia la manifestación de la violencia como un fenómeno estructural
que atañe a su género: a) para el caso de la madre esposa
que se queda en casa y depende de un proveedor, las relaciones
de dominación se mantienen en tanto que el varón cumpla con la
entrega de recursos económicos —aún y cuando estos puedan ser
insuficientes—, que le justifiquen para ejercer como administrador
y mandamás en el entorno familiar; y, b) para aquellas féminas que
decidan romper el ciclo de la dependencia y salir a generar ingresos
por medio de un empleo o actividad remunerada, también se
espera la aparición de la violencia, en este caso como una posible
respuesta o mecanismo de defensa por parte de los varones que ven
comprometido su poder.