Contractura
Ofelia Sombra, combina una imaginería visceral (sangre, sal, hueso, larva, desierto) con una musicalidad que a menudo se quiebra para mostrar la dificultad del decir. Hay versos libres, largos, cortes abruptos, repeticiones hipnóticas. Destaca el uso de epígrafes y citas (María Zambrano, Elena Garro, Casilda Rodríguez Bustos) que anclan su voz en una tradición de pensamiento femenino y crítico.
La primera parte (que incluye poemas como Bosque de sangre, ENAGUA, La danza del exilio, Carne de mi carne, Contractura del deseo) está marcada por la ausencia y la herida. La poeta conversa a solas en el silencio, escucha una paloma que “llama sin respuesta”, se siente atrapada en un cuerpo que ha sido juzgado y desposeído. Uno de los ejes más potentes es la crítica a la opresión patriarcal y familiar. En Carne de mi carne, Sombra narra cómo su cuerpo fue moldeado para no ser deseado, para no ser visto, y cómo, finalmente, lo reivindica: “Este cuerpo es mío”. El deseo aparece entonces como una fuerza contracturada pero también como potencia liberadora.
La segunda parte (desde Telúrica hasta Mujer cíclope) abre el registro hacia lo comunitario, lo natural y lo sagrado. Aquí la poeta se conecta con la tierra, el agua, el bosque, la siembra, la pesca, y con otras mujeres. Hay un giro hacia lo colectivo: ya no solo el yo herido, sino un nosotros femenino que puede reír, crear, sobrevivir. Los poemas finales, como Mujer cíclope, recuperan una sabiduría ancestral y una mirada lúcida sobre el poder, el amor y la muerte. La voz se vuelve oracular, casi chamánica.
"Contractura" se estructura como un largo viaje interior, un descenso a los “adentros” —como dice uno de sus poemas— de una voz lírica femenina que explora el deseo, el abandono, la maternidad, la violencia simbólica, la soledad, la creación y la resistencia. Dividido en dos grandes movimientos, el poemario transita de lo íntimo y doliente a lo telúrico y colectivo, para finalmente encontrar una suerte de epifanía coral y corporal.