Cuentos
El racimo de cuentos para este libro despliega la versatilidad de registros donde la autora se siente cómoda. Narrados casi todos ellos desde la perspectiva de la primera persona, tan pronto es una joven que añora la presencia del amante en los domingos familiares, desde un inusual escape a Veracruz en el que evoca los nombres de las flores que aprendiera con su abuelo. Las flores y la memoria parecen compartir una delicada fragilidad con esa relación clandestina. Las familias —padres e hijas, abuelos— rondan su narrativa, a veces con un sentido de fatalidad como “La casa nueva”, que recuerda a la Evelyn de Joyce, atrapada en el sueño de un futuro mejor. En “Una mandarina es una mandarina”, un edificio y las escaleras que llevan al estudio del pintor en el cuarto de azotea son el punto de embarque para un enamoramiento secreto. Los silencios y las cercanías se tejen con elocuencia y economía sorprendente para un inesperado final.