Cuentos nómadas
Los tres cuentos elegidos para este libro, Cuentos nómadas, como los llama su autora, hilan tres etapas de la vida, especialmente la vida del cuerpo, la vida familiar y la vida amorosa. “El día y la noche”, es un cuento que en su manera de describir el ambiente recuerda un poco a “Estío” de Inés Arredondo, aunque la historia es muy distinta. El relato de Mónica Lavín aborda el despertar de la adolescencia en un grupo de niños, primos entre sí, cuando vacacionan en familia en una casa con alberca en el pequeño pueblo de Acapatzingo, “un lunar entre las casas del pueblo de alrededor”; el paso del tiempo durante la niñez se narra con la morosidad de los días largos en los que niños y niñas forman una especie de coro de costumbres fijas, hasta la llegada de la prima de trece años que los descoloca y les descubre
el trasfondo verdadero de los juegos en la oscuridad. Por su parte, “La corredora de Cuemanco y el aficionado a Schubert”, aborda el tema de los encuentros fortuitos y las infinitas posibilidades del amor. En este cuento, Mónica Lavín desnuda a un narrador, al que le otorga un papel de Deus Ex Machina: ¿cómo empatar vías narrativas tan diversas como el gusto por la escucha de la música clásica y la libertad física del entrenamiento deportivo? Este relato es una meditación sobre el narrador y a la vez un interesante ejercicio de intromisión por parte de éste en la historia de dos personajes cuya unión es más que improbable: un hombre que asiste los domingos a los conciertos y una mujer que corre en Cuemanco. Finalmente, en “Ahí está la casa de Dolores del Río” aparece la vejez. Este cuento, donde la autora trabajó con mitos e historias personales de políticos y artistas del siglo XX, es quizá uno de los relatos del libro que se encuentran menos asidos a la anécdota histórica. Una casa abandonada en Acapulco frente a la playa de la Roqueta, que perteneció a la actriz Dolores del Río, luce su belleza de gran dama derruida y oxidada, junto a la casa vecina en la que vacacionan una madre muy mayor y sus tres hijas a petición de la dueña, una tía que les insistió en que la aprovecharan, atendidas por mayordomo y cocinera.