Cristeros masones socialistas
Una visión del conflicto
La guerra cristera o también mal llamada cristiada detona violentamente a fines de 1926 y concluye en forma un tanto absurda en 1929 con un «arreglo» porque no podía ser un acuerdo entre el gobierno y la iglesia; en forma un tanto inverosímil el presidente, en turno Emilio Portes Gil, asumía no reconocer personalidad jurídica a la iglesia por lo cual no podía establecer acuerdos con ella, con estas declaraciones y un ejercicio de liderazgo estilo laissez faire la guerra fratricida así como inició en forma intempestiva, desaparece mediante arreglos donde el gobierno acepta hacer «como que la Virgen le habla» y la iglesia hace como que no pasó nada a pesar de reconocer la existencia de más de 80,000 muertos en los enfrentamientos, cifra que se extiende hasta 250,000 con los llamados daños colaterales.
Ante la historia pasa como un momento oscuro en donde la masonería se confronta bélicamente con la iglesia, esto es falso y es parte de los aspectos que a lo largo de las páginas se demuestra como parte de la investigación, la masonería como institución no participó del conflicto ni alentó a los masones; concediendo algo de crédito a quienes afirman lo contrario, digamos que algunas grandes logias del país se expresaron a favor del anticlericalismo en forma de manifestaciones, marchas y expresiones públicas, no incitando a la guerra ni al fratricidio, más en apoyo al presidente Calles y sus políticas públicas.
Otro de los puntos fundamentales de esta investigación es impulsar el cambio en el discurso, ni fueron los masones o la masonería contra la iglesia, el hecho de la presencia por parte de algunos masones no implica la nociva generalización porque no fueron todos ni en mayoría. Además de este aspecto, se busca enmendar el discurso académico: no fue una disputa de la iglesia contra el Estado mexicano.