La ciudad de estaño
Los cuentos que componen La ciudad de estaño diseccionan un México futurista donde la tecnología ha privatizado todo: el cuerpo, el duelo, la memoria, los sentimientos y la guerra. Ahí, en ese país futuro, la violencia de siempre se viste con interfaces brillantes y contratos de usuario. El futuro cercano ha convertido la cotidianidad en un laboratorio militar y parque temático de las big tech. Los recuerdos ya no le pertenecen a quienes los viven; son propiedad de las empresas que no dudan en lucrar con cada acción registrada que engullen a través del módulo de memoria, sin que nadie sepa quién posee ese entramado de vidas convertidas en cables que condena a sus habitantes; la tecnología no resolvió nada, solo empeoró los problemas heredados durante siglos.
Desde Mario, que sueña con tener un brazo prostético mejor al que pudo pagar, hasta Fluffy, una rata robot que olvida cada día su bucle infernal, desde Neko-Cindy, que vende su privacidad y se disuelve en su avatar para tres meses de exposición tóxica e ininterrumpida a sus fans, hasta el Lechuza, cuyos ojos de cámara lo fuerzan a olvidar sus crímenes hasta el apagón final: cada historia revela cómo el capitalismo de plataformas, el militarismo renovador y la posmortalidad digital han erosionado lo humano hasta volverlo desechable.
Todas estas historias habitan en un México futuro, lejos de las fantasías futuristas de color neón. Aquí solo es tecnología cruda mezclada con desigualdad, pobreza, corrupción, violencia y política; solo es una ciudad como las que ya habitamos, con la carga de un futuro inevitable: opaca, obscura, tóxica, como lo es una ciudad hecha de estaño.