Los rostros de Guadalupe
El corazón azteca dentro del suyo
El libro de Lya Gutiérrez Quintanilla nos lleva a conocer, en una exhaustiva investigación que realizó sobre el culto a la Virgen de Guadalupe en España, siglos antes de la conquista de México y la manera en que llegó a la Nueva España como parte de la empresa evangelizadora. Aquí tuvo una presencia renovadora que perdura hasta hoy día.
Eduardo Matos Moctezuma
Prolífica pluma, la de Lya Gutiérrez Quintanilla ahora se avoca a un fascinante asunto. No por sus implicaciones religiosas, sino por su esencia cultural. La Guadalupana de México tiende muy atrás su raigambre. Dos raíces convergen: la prehispánica Tonantzin y la hispánica virgen de Extremadura. A ninguna desdeña la autora; todo lo contrario: las asume, las escudriña y las contempla. [...] Ciertamente, castellanos son el nombre de la Virgen de Guadalupe y su sobrenombre afectuoso de Virgen Morena. Este último alude directamente a su índole mestiza. Surge esta representación religiosa de carácter sincrético para suplir, como bien dice la autora de este libro, la orfandad espiritual en que había quedado la población indígena por la destrucción de sus dioses. Destrucción física, no sólo metafórica, pues los conquistadores —los de la espada y los de la cruz— se afanaron en borrar hasta el último rastro de aquellas antiguas creencias. Pero no lo lograron cabalmente. Por ello pudo surgir la Guadalupana, porque subsistían elementos que pudieron dar lugar a una forma de recreación.
José N. Iturriaga de la Fuente