De la rondalla a la taxidermia o de la esclavitud. Las practicantes
De la rondalla a la taxidermia: Un alarido se sublima contando historias, de esas que no ocultan nada humano, de esas desenmascaradas entre líneas. Cada emoción conecta con el inconsciente imaginario, muestra el camino en espiral con destino de búmeran. Confrontación de primera mano, solo basta verse ante el espejo para encontrar desde el linaje propio hasta la existencia del hombre primero. Grito gutural silencia la verborrea que baña al cerebro adolescente y la madurez tierna, cruda, del adulto perdido en años sin vivir. Bucear entre sentimientos ambiguos hace sentir la falta de aire, el deseo desesperado de poder respirar dentro del agua, patalear y manotear para mantenerse vivo., si la tabla salvavidas es nuestro cuerpo. Leer las historias escritas por otro, es solamente lanzarse a la piscina para buscar nuestro reflejo desde dentro. Las practicantes: Contar la vida por “pisos” remite al segundo, veinteañeras en mundo de profesionistas de la salud mental, en un espacio físico que ya no existe, solo en las vidas narradas de dos practicantes en un hospital psiquiátrico. La zona limítrofe entre cordura y locura es muy fina, casi imperceptible, es como dejarse llevar por una corriente marina, a veces te lleva lejos de la playa, otras, te deja varado sobre la arena entre sargazo. Elegir una profesión dentro del ámbito de la salud mental pone a prueba la estabilidad de cualquiera, el temor de no discernir entre ser paciente y personal del hospital pone sobre la mesa discriminación, violación de los derechos humanos y el casi inexistente respeto a las virtudes morales cardinales. Ser adolescente, mujer, estudiante universitaria, con recursos económicos limitados, pero, con un desbordado deseo de sanar las propias heridas emocionales para poder ayudar a los demás, abrirá de nuevo el eterno debate entre ese oscilante vaivén entre ser un lunático o abrazar la sensatez.