Desplazamiento forzado interno y racismo territorial en México. Cuerpos, justicia y cartografías de la ausencia
El desplazamiento forzado interno en México expresa, sobre todo, una ausencia, la del reconocimiento del fenómeno y, en consecuencia, la del reconocimiento del daño en pueblos y territorios expulsados que han ido y venido de un lugar a otro. Algunas veces encontrando soluciones posibles pero incompletas y la gran mayoría sin acompañamiento, sin destino y expuestos a la inclemencia de los destierros. El fenómeno tiene constantemente un eje espacial, cuya referencia en los discursos oficiales se desterritorializa porque no hay una aproximación al reconocimiento sensible de lo que implica, materialmente, perder el territorio.
Por su parte, el escenario humanitario convencional en la materia explica al desplazamiento forzado interno como una consecuencia de diferentes violencias como desastres ambientales, conflictos territoriales y armados, y, más recientemente, las violencias perpetradas por esa sombra, aparentemente ilegible, del crimen organizado. En un mundo donde cada vez es más complejo tener libertad para transitar, perder el lugar implica una condena social. Paradójicamente, ese mismo mundo actual, impulsado por fuerzas económicas que imponen la estética de la seguridad neoliberal –que es una continuidad del colonialismo–, observa con desconfianza a quien sigue produciendo su lugar, no como un lugar de referencia laboral o de producción de riqueza sino de vida, existencia y enunciación. Es difícil moverse y difícil mantenerse, pero no por igual para todas las personas ni para todos los pueblos. Generalmente a los mismos pueblos precarizados que se les impide y se les penaliza cuando “osan” salir de sus fronteras para soñar otro proyecto de vida, también se les expulsa porque no tienen derecho a la tierra; o a ningún tipo de derechos.