Sarna
Decir que la poesía da cuenta del derrumbe porque ella es el derrumbe en sí, revive y resignifica una y otra vez la caída. Decir que la poesía y la bebida existen en medida de su combustión. Del vino se han cantado sus atributos espirituosos en más de veinte siglos de lirismo, versos como fuegos artificiales que Anacreonte, Li Bai, Omar Khayyam encendieron para iluminar su senda, “con amor, el vino es fuego” erotizaba Ovidio, Françoise Villon tomó la bebida como certeza en un mundo donde nada la tiene; habría que aguardar a Baudelaire y su andamiaje entre lucidez insoportable y fantasía sugestiva, para escuchar al vino y comprender que miente, que no ennoblece sino que hace del mal algo habitable, que “sabe vestir la más sórdida taberna con un lujo milagroso”.
Sarna, de Emiliano Aréstegui, arriba en esa condición de flâneur: feroz explorador del paisaje y sus creaturas, nos inserta a modo de catábasis en la morada de los teporochos, donde “el escuadrón de la muerte rada a un lado de la iglesia la ausencia de los muertos y suicidas”, allí donde el abismo se subvierte, en una especie de trasvaloración de los valores: “ustedes son los minusválidos / los mendigos del cambio y sus billetes / los que anhelan justicia e igualdad / respeto / educación pantallas planas”, porque el pueblo olvida que “somos los únicos que brindan amistad a los migrantes”, donde sus miembros aparecen como “piedras con rostros encriptados / gente metida en la semilla”, “animales que apenas ni son sombra”, cuerpos afantasmados que representan “el mapa del alcohol / sus chundas bestias chandas”.
Aréstegui sabe que “el vicio y la putería” cumplen una función social: desestresan, evitando el suicidio a gran escala. En el escuadrón de la muerte, los desposeídos saben que llevan a cabo un suicidio ralentizado, pero firme, por eso “se afila entre el pecho y la espalda / machetes manantiales de aguardiente”. Quizá lo más significativo es que, en lontananza con el folclor y su estereotipo del borracho, aquí el poeta conjetura, fantasea, sugiere, ahonda, en la caída de cinco o seis “personajes” que conforman ese escuadrón de olvido, lo más valioso: que los “personajes” adquieren voz, y tal y como atestiguan las fotografías de la sección de Aguardientes, fueron personas de carne y hueso que fallecieron mientras Aréstegui escribía el presente poemario, que así toma forma de expediente del delirio y crónica del derrumbe de los desahuciados.
Mario Panyagua1