Adela o las aves que se quedan
El final del amor empuja a Adela a refugiarse en los afectos del pasado. Envuelta en la agonía de la relación en la que depositó la vida, iniciará un peregrinaje por los laberintos del crédito bancario, cuestionará su relación con la Virgen de Guadalupe y pondrá a prueba su suerte en los Estados Unidos. Adela o las aves que se quedan parte de una reconstrucción de la Ciudad de México en la década de los setenta, con sus cines antiguos y el Estado de Bienestar a punto de perecer, y culmina en los parajes de la migración dirigida hacia el norte opulento, impulsados por la precariedad neoliberal.
Esta novela es un homenaje ficcional a mi abuela Bertha, mujer trabajadora y migrante desde sus primeros años de infancia, cuyas andanzas inspiraron la vida de Adela. Es también una exploración por los recovecos de la infamia y los vientos soñadores que llevaron a Madame Bovary a perderse en las novelas románticas y en los pagarés nunca saldados. Elementos como la caducidad del enamoramiento, la disyuntiva entre huir o permanecer, y la historia misma —que, en palabras de Milan Kundera, «se filtra como el agua sucia en la vida cotidiana»— se manifiestan en el ensamblaje de esta obra.
Una pregunta resuena en estas páginas y se deja entreabierta para quien tenga la intrepidez de responderla: ¿son más fuertes las aves que se quedan o las que aceptan mejores latitudes?