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ISBN 978-968-9748-15-1

El diluvio y la tormenta
Mitología y paisaje en el Totonacapan

Autor:Trejo Barrientos, Leopoldo
Editorial:Instituto Nacional de Antropología e Historia
Materia:Educación. investigación. temas relacionados con la Historia
Público objetivo:Profesional / académico
Publicado:2025-12-30
Número de edición:1
Tamaño:20.3Mb
Precio:$180
Soporte:Digital
Formato:Epub (.epub)
Idioma:Español

Reseña

La oblicuidad de la eclíptica, manifestada en la inclinación del eje terrestre a 23∘26′, es el factor crucial que define las franjas tropicales. Esta inclinación no solo genera las variaciones estacionales y determina los solsticios (que regulan la duración de los días y las noches), sino que también es responsable directa de los regímenes pluviales. El calentamiento de las aguas oceánicas por el ciclo anual de luz y calor produce el vapor de agua necesario para la formación de los ciclones tropicales. El propósito central de este ensayo es, por tanto, analizar la profunda interrelación entre estos fenómenos meteorológicos y las comunidades que habitan el trópico mexicano, con un enfoque particular en el pueblo totonaco del Golfo de México.

Los ciclones tropicales, concebidos por las culturas expuestas a su furia como "gigantes de viento y lluvia", constituyen un pilar cosmogónico fundamental. La meteorología moderna clasifica su intensidad progresiva en depresión tropical, tormenta tropical y, finalmente, huracán, este último categorizado por la escala Saffir-Simpson. La intensidad de estos eventos se evidencia en casos como el huracán Janet de 1955, el cual impactó devastadoramente el territorio mexicano en dos ocasiones, incluyendo áreas totonacas, y cuyos incalculables daños motivaron la exclusión de su nombre. Pese a la precisión de esta clasificación científica, su limitación radica en aislar el huracán de la visión holística e interconectada propia de los pueblos originarios.

La disparidad en la concepción del huracán ilustra el contraste entre las sociedades "modernas" y las denominadas "premodernas". La perspectiva moderna, anclada en la dicotomía naturaleza/cultura, objetiva el fenómeno como un hecho físico y despojado de implicaciones sociales, basándose en la medición a través de instrumental científico (satélites, barómetros). En marcado contraste, las comunidades nativas se niegan a reducir estos eventos a parámetros de laboratorio. Para ellas, los ciclones y sus manifestaciones asociadas (viento, lluvia, truenos) son potencias sociales articuladas por una deidad suprema. Esta visión, tal como la sintetizó Fernando Ortiz para el Caribe, interpreta al huracán como un cataclismo en el que participa toda la naturaleza, lo que legitima la presencia del dios de la tormenta en su panteón y en su sistema de aprehensión del universo.

A fin de aprehender la compleja imbricación cultural y natural del huracán, la propuesta del autor trasciende el mero simbolismo religioso. Se sugiere la noción de un "paisaje de tormenta" como una escala intermedia de análisis (situada entre la región histórica y la macroárea mesoamericana) que revierte la subordinación tradicional del paisaje al territorio. Este constructo analítico, inspirado por Carl Sauer, emerge de la confluencia geográfica de fenómenos ambientales (ciclones, sistemas montañosos, cuencas) y los discursos mitológicos de sus habitantes. Esta aproximación busca establecer un equilibrio entre la especificidad etnográfica y las generalizaciones mesoamericanas, resultando esencial para comprender la cosmovisión y la praxis vital de los totonacos y sus vecinos.

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