Los ilustrados
La tensión que provoca en el espectador la navaja acercándose al ojo en Un perro andaluz es la misma que Francisco Gallardo Negrete provoca en el lector en su poemario Los ilustrados, título que obedece no a la defensa de la “razón, progreso y libertad” —aunque son variadas las referencias y citas textuales que revelan la honda cultura lectora de nuestro poeta— sino a su etimología: iluminar o dar luz. Aquí, ver es padecer y toda la luz pasa primero por la herida.
En el libro, los personajes sufren las afectaciones de la vista que cualquiera puede sufrir: el dolor de ver a un hermano con la mitad de la mirada, las dificultades para ver de la madre y de uno mismo se vuelven, como los seres proclives que somos a la oscuridad, universales.
Paradójicamente, es ese dolor el que arroja una luz necesaria sobre las situaciones poéticas: el hermano soporta estoicamente la adversidad, la madre ostenta todavía una lúcida inteligencia, el sujeto lírico —que va a caballo entre la focalización de la primera y la tercera personas— aprende a mirar hacia adentro.
El libro exige ser leído con diversos pares de ojos: los exteriores hacia la forma, los interiores hacia el sentido, y otros tantos —los más secretos— hacia la música y la textura, porque al final Gallardo Negrete es un poeta latifundio: su poesía abarca todo lo que su vista comprende.
Inicie el lector el camino de escaleras de Los ilustrados del brazo de Francisco Gallardo Negrete ya sea hacia arriba o hacia abajo, no porque cuatro ojos puedan ver más que dos, como sugiere Eugenio Montale, sino porque aquí las únicas pupilas verdaderas, aunque muy empañadas, son las de la poesía que sigue mirando, incluso cuando nosotros ya no vemos.
Ramón Domínguez Villalobos