El mundo en un saco
La indumentaria de las empleadas domésticas en el porfiriato tapatío, a través de su patronaje, confección y ornamentación. Clases sociales y horizontes de posibilidad para la movilidad social
Más de siglo y medio separa las dos afirmaciones -muy elaboradas- que podemos leer sobre estas líneas y, sin embargo, al reproducirlas consecutivamente nos damos cuenta de que una misma idea, específica y normativa, permea ambas sentencias, dotándolas de un carácter común, o, cuando menos, de un parecido de familia. Se trata de la propuesta de que la indumentaria, la ropa, “civiliza” a los pueblos; particularmente la indumentaria compleja, elaborada con cuidado y técnicas específicas y sofisticadas de cortado, cosido, ornamentado y/o tejido. Es esta una idea ya antigua, defendida -en mayor o menor medida, y casi siempre construida con base en distintas concepciones de lo que se considera “civilizado”-, en diversos campos de las ciencias sociales y las humanidades. Es, desde luego, un lugar común en los estudios de historia de la indumentaria y el adorno, el asociar los albores de la civilización humana con la adopción de prendas de vestir y adornos corporales, igual que se hace con la aparición de las primeras obras de arte. En su visión más colonial y extrema - fundamentalmente desarrollada en el occidente colonial anglosajón y francófono durante el
siglo XIX- lo contrario de la indumentaria en relación con el cuerpo al que cubre, sería la desnudez; y esta pareja de opuestos opera, además, como un reflejo de otra oposición de mayor alcance, fundadora de buena parte de la ideología de la empresa colonial: la establecida entre lo civilizado y lo salvaje.