Sobre mi espalda llevo claveles blancos
Annie Ernaux dice que su proyecto literario «es la búsqueda de una realidad contenida en un instante, un acontecimiento que me sucedió, una realidad que excede mi persona y desconozco». Esta premisa resulta aplicable a la esencia y al desarrollo poético del libro de Danhia Montes, Sobre mi espalda llevo claveles blancos: escribir sobre las experiencias que nos sobrepasan como un acercamiento a lo indecible convierte a la literatura, y de manera particular a la poesía, en una necesidad. En el umbral de sus páginas, la poeta declara: «No volveremos a decir tu nombre», y es desde este doliente resistirse a nombrar que los versos van tejiendo la resonancia de la pérdida. Danhia Montes no consigna un relato donde describir la ausencia sino la sucesión de una voz —por momentos suspendida y murmurante— capaz de dotar al lenguaje de una potencia expresiva que conmueve. El libro recupera y recoge las intermitencias de la memoria de un duelo y su transmutación a través de los años. Elegía, sí; pero también crónica de la ausencia. En tiempos en que la prosa apuesta por la autoficción o la recreación ficcional del sujeto, Sobre mi espalda llevo claves blancos de Danhia Montes, nos recuerda que la lírica —desde su origen— ha entonado el canto del sentir del yo, sin temor alguno. — Diego José