Casa rodante
La escritura no aplaza el nomadismo, al revés, lo exacerba, lo hace llegar a extremos de los que ya no podría haber retorno. Así veo la larga y a la vez fecunda caminata que ha realizado la poeta y narradora Myriam Moscona. Nacida en la Ciudad de México, hija de padres búlgaros sefardíes que emigraron huyendo de la devastación provocada por la segunda Guerra Mundial, su escritura se despliega como un abanico en perpetua búsqueda. Como un topo o como un buzo desesperado, ella ha convertido a la poesía no sólo en una inquisición de sus raíces, ha emprendido igualmente, en ella y con ella, un arduo trabajo de depuración. De entrada, podría decirse que su escritura presenta dos caras, dos signos que se oponen, sin anularse entre sí: combina raigambre y volatilidad, afianzamiento y anulación, se cubre y también se despoja. Realiza un viaje a los orígenes y rescata el ladino, la lengua de sus abuelos y sus padres, una lengua en peligro de “extinción” y a la que ella llama la candorosa niñez del castellano, al mismo tiempo que se instala en la actualidad del verso, y aunque esta escritura la consolida en el conocimiento de su identidad, no se detiene ahí, sino que emprende un arriesgado trabajo con el lenguaje que la aproxima al precipicio y el voladero, después del cual ya no hay nada. La vanguardia, sí, la vanguardia otra vez, pero como signo del nómada que nunca dejamos de ser.