Cartas desde Carrara
Juan Manuel Labastida, su estancia en Europa (1825-1835)
Pocas veces se tiene la fortuna de reunir, para el buen resultado del trabajo de un historiador del arte, tres elementos por demás estimulantes: una sólida base documental, un catálogo de obras autógrafas y un relato por contar, inédito o que sorprenda a sus lectores. Más aún si dicha empresa trata de reconfigurar una biografía conocida por los trechos de una trayectoria artística que había permanecido entre luces y sombras, una travesía de estudio y creación, en suma, una existencia personal y su realización y proyección social. Pero tampoco nos bastan los recursos documentales o narrativos, ya que en nuestro campo se requiere de otra ecuación difícil de lograr y que solo nos aporta la práctica profesional y el paso de los años: saber mirar al objeto del pasado, desde sus propios términos, y poner a compulsa y crítica la debida correspondencia entre aquello que representa un monumento (el significante) y aquello otro que nos revela un documento (su significado).
Jaime Cuadriello