Los tres mosqueteros de El Sur
Gonzalo Rojas, Alfredo Lefebvre y Juan Loveluck
Las crónicas literarias constituyen una faceta aislada de las empresas culturales del poeta Gonzalo Rojas y de sus colaboradores en Concepción. Cada domingo se recalcaba en el encabezado de las columnas que emanaban del Departamento de Castellano de la Universidad de Concepción. La leyenda desapareció cuando Alfredo Lefebvre prosiguió por un tiempo, pero en solitario, la publicación de las crónicas. Antes de ellos, en El Sur, el periodista Caupolicán Montaldo había asegurado la columna dominical y, por un breve lapso, le había sucedido Manuel Vega.
Porque la empresa era colectiva, como si fueran un solo hombre en defensa de los libros y de la crítica, los he apodado los tres mosqueteros de El Sur o del sur, como quiera leerse. Gonzalo Rojas era el D’Artagnan del grupo, Alfredo Lefebvre y Juan Loveluck, respectivamente Athos y Porthos. Siempre había un cuarto en la novela de Alejandro Dumas y el papel de Aramis que era Gastón von dem Bussche. Otros, pocos, ocasionalmente participaron en la columna dominical, pero no los he recogido, aunque aparecen en el índice general al final del volumen. El mecanismo era sencillo: turnarse la reseña dominical en El Sur, después de una breve temporada en La Patria. Siempre gratuitamente, por supuesto, de la misma manera que estos profesores renunciaban a sus vacaciones para asegurar los cursos de las Escuelas de Verano. Una generosidad que quizás pocos académicos de hoy estarían dispuestos a demostrar.
La publicación semanal de las crónicas literarias, como dije, era una faceta aislada de la actividad crítica que promovía Gonzalo Rojas junto con sus cultos y entregados escuderos. Formaba parte de una estrategia más amplia de educación que había recogido los ideales de la Sociedad Literaria de 1842, animada por Andrés Bello, José Victorino Lastarria y Francisco Bilbao, entre otros. Los objetivos consistían en forjar por todos los medios una independencia cultural de Sudamérica, sin la cual la independencia política resultaba trunca y, sobre todo, ineficaz. Casi un siglo después, el equipo de la Universidad
de Concepción revivió los ideales medio olvidados y los resucitó a través de una política cultural audaz e inédita, tanto en Chile como en los otros países del subcontinente. Por lo demás, ambicionaba que la provincia -el sur y extremo sur de Chile- llevara la delantera sobre la capital. El testimonio de la doctora Ana Pizarro aclara la situación de la Universidad de Concepción en esa época: “Concepción era para nosotros el centro del mundo, donde pasaba todo. Era el Concepción de la gran cultura. (…) Me parece que hay universos literarios y culturales importantísimos que con prejuicios del capitalismo consideramos de un regionalismo parroquial y, de pronto, el reconocimiento del primer mundo nos golpea la cara”. No hay que olvidar que todos los esfuerzos cumplidos por el grupo promotor fueron voluntarios, fuera del interés económico y de cualquier otra índole, porque los animaba el ímpetu de dignificar la vida cultural de su país. En pocas palabras, una suerte de revolución sin armas o sin más armas que la pluma y el trabajo.
El índice general revela la amplia gama de lecturas que se desgranaban semanalmente. Predominan los libros de autores chilenos: 133, y casi se homologan los hispanoamericanos (48) y los de otras tradiciones (45). A veces, llama la atención descubrir cómo fue recibido en su momento tal o cual autor: tanto los de obra consolidada como los que comenzaban a publicar antes de volverse iconos de la literatura nacional. Los poetas de Chile y de otros lares llevan la delantera: Nicanor Parra, Mahfúd Massís, Mario Ferrero, Federico García Lorca, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Vicente Aleixandre, Juvencio Valle. Miguel Hernández, Reiner Maria Rilke, Juan Ramón Jiménez, Alonso de Ercilla, Charles Baudelaire, Juana de Ibarbourou, Octavio Paz, Paul Éluard, César Vallejo, Alfonsina Storni, Amado Nervo, Efraín Barquero, Pablo de Rokha, Saint-John Perse, Luis Cernuda, Juvencio Valle, Miguel Arteche, son los países del abanico poético que se despliega a lo largo de estas crónicas. Los novelistas y los ensayistas forman otro abanico de tendencias tan diversas y coloridas como el poético. No los nombraré aquí, pero destaco en particular la recensión de la novela de Boris Pasternak, El Doctor Jivago, que suscitó, cosa excepcional, dos comentarios seguidos de Alfredo Lefebvre, en abril y mayo de 1959.
En ocasiones muy especiales: la muerte de Gabriela Mistral, de Mariano Latorre o de Juan Ramón Jiménez, o de homenajes (Rodolfo Oroz, José Ortega y Gasset), los tres mosqueteros se concitaban para redactar una sola crónica en la que, sin embargo, cada uno firmaba su parte. Todas las crónicas aparecían firmadas para responsabilizar al autor de sus
juicios críticos y también para dar relieve a los críticos aún desconocidos del gran público de Concepción. ¿Cambiaron las mentalidades o aportaron provechosos conocimientos a este público? Es difícil saberlo a ciencia cierta, pero sin duda las crónicas fueron leídas por la gran minoría de lectores de literatura. Los críticos de los diarios capitalinos no eran mejores que los sureños y, a veces, hasta resultaban peores como se advierte en algunas columnas de El Sur.
Quien haya escrito alguna vez reseñas con cierta regularidad, sabe lo exigente del género. Parece insulso, pero implica, aparte del tiempo de lectura, un trabajo de preparación, a veces de investigación, y una redacción lo suficientemente decorosa y amena para despertar en el lector las ganas de buscar el libro comentado. Además, hay que estar consciente que el eventual lector no es un académico, ni un especialista en el tema, y debe mantenerse un equilibrio entre el rigor y la divulgación, cosa que por lo general lograban los tres mosqueteros.
Pese a que la presente recopilación se limita al diario El Sur, he juzgado útil comenzar con la reseña de Gonzalo Rojas del libro Poemas y antipoemas de Nicanor Parra, que se publicó en La Patria, el 15 de agosto de 1954. Todavía hoy se comenta en Chile la oposición entre las dos concepciones de la poesía que defendieron en sus obras Gonzalo Rojas y Nicanor Parra. En muchas ocasiones se tergiversa la oposición transformándola en una rivalidad personal entre ambos poetas. En esta reseña de 1954, Gonzalo Rojas argumenta las reservas que ya tenía con respecto a la antipoesía. Es bueno conocer sus reparos para que cese la reducción del asunto a una cuestión de rivalidad personal, es decir, a una guerra de egos.
Apenas he modificado la presentación de las crónicas o el estilo de sus autores. Me limité a unificar el formato y a corregir, aquí y allá, las erratas de los tipógrafos. En cuanto a las notas de edición, siempre tuve en mente que, a causa de la co-edición, el libro iba dirigido a dos públicos distintos: el mexicano y el chileno. Por lo tanto, a veces, algunas notas parecerán obvias o inclusive sobrantes para los lectores chilenos, pero que éstos tengan la benevolencia de comprender que determinados datos eran imprescindibles para los mexicanos. A diferencia de Gonzalo Rojas, partidario del “menos” en todos los ámbitos y pese a su advertencia en verso: “casi todo lo de carácter copioso es poco fidedigno”, preferí optar por el “más” que, espero, no se convierta en un “demasiado”.