Obras
Al empezar su afición literaria, Gilberto Owen apoyaba sus impulsos líricos en la poesía del español Juan Ramón Jiménez, pero muy pronto la influencia de sus compañeros de letras, particularmente Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia, lo indujo a reconocer sus modelos en André Gide y en Paul Valéry, quienes lo confirmaron en la idea, compartida con su grupo, acerca de que “lo mexicano” de la poesía escrita en México reside en su universalidad. Después vendría el ineludible Jean Cocteau y el predominante T. S. Eliot a dar nuevo camino a sus emociones. Dentro de ese marco, la personalidad lírica de Owen se enriquece y hace nacer una obra singularísima, cuidadosa de la expresión, a veces humorística cuando no burlesca, que encuentra un sitio sobresaliente en las letras mexicanas. A riesgo de parecer oscuros, difíciles de comprender, sus textos reflejan con frecuencia un mundo en constante destrucción, percibido en imágenes misteriosas que sólo al poeta es dable descubrir en torno suyo. En palabras de Antonio Castro Leal, a Owen “siempre le pareció que una de las virtudes de la poesía es el misterio y ahora se ve que los que lo juzgaron oscuro no sabían leer”.