Estética de los objetos aislados
Algo hay de elemental y onírico —doble ejercicio mnémico y matérico— en Estética de los objetos aislados. Armado con una tiza de luna, Manuel Becerra ha escrito, en la superficie del agua y en la piel del silencio, los símbolos de un alfabeto tan antiguo como el tiempo, invocando mitos que encienden su brasa primigenia y aquietan el alma, ávida de nuevos prodigios y misterios. Vidente y poeta, ofrenda su voz para evitar que la banalidad, la estupidez y el olvido cotidianos devoren por completo el corazón, pues “no queda más que defender tu capacidad de asombro contra el mundo”.