La impronta de mi madre
Memorias de una mujer inolvidable
Escribir nuestras memorias es, tal vez, una de las tentaciones más frecuentes de quienes llegamos a la edad de los llamados «adultos mayores». Dejar nuestro testimonio del transitar por la vida nos puede parecer interesante y hasta satisfactorio, aunque lo más probable es que a muy poca gente le atraiga su lectura. Yo, en lo particular, soy un entusiasta lector de biografías; tal vez de ahí nace mi inquietud por trazar estas líneas, más a manera de catarsis que de construir un legado para los lectores. Apelo a la curiosidad natural de quienes quieren conocer la vida de los demás para dar paso al sabroso chismorreo, aunque siento decir que solo por descuido, o sin esa intención, podría colarse algo que alimente ese espíritu tan popular. Me decidí a iniciar esta narración como un homenaje a quien me dio la vida, me formó a través de los valores que me inculcó y dejó en mí una imborrable impronta que ha dado rumbo a mi vida: Amalia Munguía Padilla. Ella, a su vez, recibió las enseñanzas, la educación y la impronta de su madre, mi querida abuelita Amalia Padilla Medrano. A ellas les tocó en suerte vivir el entorno del siglo XX en Guadalajara, Jalisco, una época rodeada de un ambiente sumamente hospitalario, lleno de tradiciones mexicanas, como las tertulias dominicales y las convivencias de barrio o en los pueblos que han dado fama a la Guadalajara de ayer.