Los colores de Diablo
y otros ensayos
Quizá esa sea una de las claves más discretas y, al mismo tiempo, más persistentes de Los colores del diablo: las ideas salen de los libros para mezclarse con el mundo. Y es esa zona y sus circuitos singulares lo que al ensayista le interesa explorar. Una lectura conduce a un recuerdo; un recuerdo, a un objeto; un objeto, a una escena de infancia o de adolescencia; esa escena, a Benjamin, a Borges o a Kobayashi; y, de pronto, aquello que parecía un desvío termina revelándose como el camino principal. El ensayo no avanza por acumulación de argumentos, sino por asociaciones, la mayoría de las veces insólitas, inesperadas. Se trata, así, de una sensibilidad autorial que confía en las resonancias más que en las demostraciones.
—Hugo Herrera Pardo