Ojos blancos
Luna negra
Ojos blancos, Luna negra, se desarrolla entre los años cuarenta, cincuenta y sesenta,
aunque los detalles a veces parecen atemporales e imaginarios a propósito, pues los
recuerdos evocados vagan por el tiempo, siendo unos más contemporáneos que otros. Sin
embargo, el espacio existe y el relato muestra los escenarios más representativos de mi
infancia y del lugar donde crecí.
Río Grande, sus comunidades y los municipios que lo circundan se muestran en este libro
como yo los habité, como lo recuerdo, pero también con el pintoresco aire de la
transformación de los años.
El río es un personaje simbólico, pues, para quienes habitamos ahí hace décadas, es un
referente de identidad, pertenencia y de memorias felices; en él se construyeron recuerdos
incontables, temores reales ante su imponencia y hasta momentos de unión colectiva al
ver, varias veces, las colonias construidas en su antiguo cauce sumergidas hasta el techo.
Esta historia se construye con relatos que fueron contados a murmullos y con recuerdos
que no debieron escucharse, con trozos de dolores que estaban destinados a no ser vistos
y a no existir. Fue hecho con retazos de alegrías que se quedaron congeladas en el tiempo
y con recuerdos que se entrelazaron para dar paso a algo que no existe, pero que se siente
en cada vuelta del tiempo, en cada célula y en cada paso por el inconsciente.
Lo eventos surgen de la inventiva de lo que pudo haber sido, de frases de mi abuela y de
la necesidad de mirar compasivamente a quienes emergen de entre sus miedos. Es una
vista de frente a la memoria, que no es memoria; es herida que sangra constantemente.
Este libro también pretende mostrar la fuerza del linaje, que contempla el paso del tiempo
y sus marcas invisibles; pretende ser un bálsamo sin serlo, porque nada es real, ni verídico,
solo es memoria, recuerdos ajenos, relatos vagos. o solo el intento de sentir el abrazo que
el dolor no ha permitido.