Los cuentos de Luar Sageuri
Entre ciudades inexistentes y bestiarios olvidados, Los cuentos de Luar Sageuri sobreviven como lo hacen ciertos manuscritos: mutilados por el tiempo, confundidos por el sueño o rescatados demasiado tarde.
Se ignora quién escribió estas páginas; también si pertenecen realmente al primer tercio del siglo XIX, si fueron redactadas tiempo después por algún falsificador minucioso o si un loco visionario quiso jugar con sus lectores.
Al interior de su música conviven mantícoras y faunos, gatos matemáticos y viajeros sin nombre. Se transita por sitios irreconocibles, épocas desconocidas y caminos que no figuran en mapa alguno.
Monólogos inesperados parecen traducir alguna lengua perdida, cierto delirio rabelaisiano o una imposible genealogía cortazariana, quizá huyendo del recuerdo febril de un Gregorio Samsa incapaz de despertar.
Si, como dijo Jorge Luis Borges: “La literatura no es más que un sueño dirigido”, Los cuentos de Luar Sageuri, sin buscar complacer a nadie, murmuran —quizá sin saberlo— una lírica extraña, hecha de mitos inclasificables y fábulas distantes, capaces todavía de arrastrar al lector hacia aquello que creía haber olvidado.