Espíritu centenario
Un siglo de normalismo rural en México
Para llevar la educación al campo mexicano durante la epopeya social impulsada por gobiernos posrevolucionarios, se precisó reconocer que en los pequeños pueblos, villas, rancherías, ejidos y demás demarcaciones donde el campesino construía patria, faltaban dos elementos sin los cuales la ecuación de la promesa revolucionaria no estaría completa: escuelas y maestros. La gran maquinaria educativa constituida para atender el mundo rural articuló el más ambicioso proyecto escolar que ha conocido el país, la Escuela Rural Mexicana, de donde a su vez nacieron las Misiones Culturales (MC), las Centrales Agrícolas (CA), las Normales Rurales (NR), las Regionales Campesinas (RC), las Elementales Agrícolas (EA) y claro, las Primarias Rurales Federales (PRF). Todas integradas al engranaje de la maquinaria estatal que sentó las bases para la transformación social en materia educativa, a la sombra de la Revolución Mexicana y sus gobiernos, durante todo el siglo XX e incluso más allá.
Comenzó así la historia que nos convoca en estas páginas: formar al magisterio para el campo, al profesorado en moldes nuevos, donde la vida del medio rural y su idiosincrasia —tradiciones y ritmos, así como necesidades, penurias y alegrías— fueron motivo de sus ocupaciones; orquestando así una polifonía que se ocupó del entusiasmo y anhelos de mejora del pueblo para construir lo que sería conocido rápidamente como el laboratorio pedagógico
de la Revolución: las Escuelas Normales Rurales. Han sido por definición instituciones de internado creadas no precisamente por algún decreto o proyecto educativo concebido en el escritorio de algún funcionario, sino en la mente de múltiples actores desplegados en distintas regiones del país; fueron mejoradas durante el trayecto que recorrieron a partir de la experiencia y el esfuerzo iniciado en 1922, en una aventura de redención social promovida
desde las aulas.