El lobo ronda por la casa mientras mi madre no está
Los árboles genealógicos no son tan diferentes a los árboles de guayabo, tienen su ciclo de floración, su tiempo de dar frutos y en algún momento también pierden sus hojas, una a una van cayendo en el concilio de las aguas de los tiempos, que las aleja poco a poco de los vivos de este lado.
La poeta Blanca Vazquez logra en este poemario emparentar más de un tiempo. Sabe que al final sólo persiste la memoria, como una historia que nos contamos para poder entender mejor, lo que en esta vida habitamos.
No faltan los recuerdos de la infancia, ese tiempo cuando uno es vulnerable hasta los huesos, tampoco faltan los juegos junto a los primos, volando culebrinas, el hambre de la luz de aquellos días, los parientes que llegan con las manos cargadas de frutos deliciosos, los tíos que fungen como padres ante el abandono, los familiares que en algún punto se marchan y dejan el mundo un poco más oscuro.
Pero en los guayabos y en los árboles genealógicos también abundan ramas torcidas y es necesario decirlo, nombrar la oscuridad de algunos días con todas las letras de su nombre Abuso.
Para dejar testimonio y que otros no crucen ese camino. Para alzar la voz y decir: El paso de los años me ha hecho mujer [...] lo que vuelve de aquello que carcome encuentra luz .
La voz poética que recorre los versos ha madurado, igual que la guayaba que se asoma entre lo verde de las hojas.
Ha decidido resistir y contar su historia. Ha hecho crecer un árbol nuevo del árbol caído en la memoria, uno que también trae esperanza y hace brillar a todo aquel que lo come y se atreve a ver, el envés de las cosas, y es capaz de florecer allá a donde otros sólo ven frutos podridos.