Donde arder es mirar
La poesía de Ignacio Ruiz-Pérez es desacralizante, mas no sacrílega: Donde arder es mirar lo confirma. Sus libros anteriores están sostenidos en una tradición: la poesía que da imagen a su época. A cada poemario este autor ha ido creando una sensibilidad personal, apropiándose, de manera natural, de sus maestros. Ya se sabe que no hay nada nuevo bajo el sol: los temas de Ruiz-Pérez no son inéditos —ejercicio largo es identificar todas sus fuentes—, pero sí cambian el ángulo desde donde se lee y se escribe.
El lector, a partir del primer poema, entrará en las zonas de Ruiz-Pérez: silencios perfectamente administrados; no ritmo, sino respiración; imágenes dispuestas con precisión y soltura a cada verso; espacios cerrados a la intemperie; una intimidad en la que confluyen un sinnúmero de registros literarios, por supuesto, pero también del resto de las artes y, sobre todo, de la Vida.
Ha tenido el buen tino, Ruiz-Pérez, de —al final de sus libros— realizar una suerte de confesión al lector con un “Aviso”, en donde da cuenta de su propia y particular cartografía. Este libro no es la excepción. Además de revelar sus abrevaderos nos descubre el origen del título: unos versos de Francisco Hernández, uno de sus hermanos mayores.
Donde arder es mirar es un libro de gatos —ese organismo vivo inasible— que no es de gatos: la Lucy de Ruiz-Pérez es el símil perfecto de la rosa de Coleridge vía Borges.
Rodolfo Mendoza