Con un pez en el pecho
Con un pez en el pecho, es un poemario oblongo, en alusión a una caja arbórea, conteniendo las heridas del autor y resguardando a cuatro muros de papel e infinitud, lo más oscuro del recuerdo, las despedidas y las pérdidas con todo el zumo de su desconsuelo. En definitiva, es una reconciliación con la noche.
Lo expuesto aquí es la constancia de que la escritura tiene dotes de sanación con sus remedios caligráficos. Es profundamente intimista. En este sentido, el diario y la epístola se familiarizan con el poemario, los vínculos de sangre son su eje, sobre todo, los nexos que en el corazón se urden como arterias a punto de reventarse por la melancolía.
Esas heridas dejan pronunciadas cicatrices y una retrospectiva que asfixia, pero que también aviva. La triada en la perpetuidad de los clanes con su propia demolición y vejez nos corresponde a todos como precio justo a lo vivido. “Hay rosas blancas en nuestro cabello”, para confirmar con esto el decreto que es la marca de cada rostro en los espejos de cualquier lugar.