El año de la ira
Un día antes de abandonar el poder que compartía con su hermano, el 10 de agosto de 1919, el general de división Joaquín Tinoco salió de su casa sin escolta y al cruzar la calle fue sorprendido por el grito: “¡General! Sic Semper Tyrannis”. Cayó fulminado de un disparo en medio de los ojos. El asesino corrió 300 metros y se perdió en las sombras, donde aún permanece. Al conocer la noticia, su hermano Federico, presidente de la República, amenazó con asesinar a los cientos de presos políticos que atiborraban las mazmorras de la Penitenciaría Central. En vez de eso se quitó su peluca y cejas postizas, se encerró en su cuarto y lloró el resto de la noche sin permitir que nadie lo viera. Dos días después, bajo la amenaza de una inminente invasión norteamericana, el régimen de los 30 meses se desplomó. El presidente Tinoco abandonó el país con un cuarto de millón de dólares y una comitiva de 20 familiares y su médium personal y se refugió en París, donde murió en la pobreza después de jugarse el dinero en los casinos de Europa. El asesinato de Tinoco es el crimen más famoso en la historia de Costa Rica y un siglo después se discute si fue un homicidio pasional motivado por los celos de su mejor amigo, una conspiración en la que intervinieron agentes de Estados Unidos y Nicaragua, la decisión de un joven impetuoso que se atribuyó el homicidio y que murió ahogado diez meses después, tan misteriosamente como Tinoco, o los deseos de venganza de una viuda.