Freud y Dostoievski
Un encuentro fallido y sus consecuencias para el psicoanálisis
La estabilidad es un espejismo, un espejismo necesario, al que nos aferramos con una convicción tanto más fuerte cuanto más escasos de ella nos encontramos. Una estabilidad así nos la da nuestro saber; por ejemplo, sabemos que Dostoievski era un gran escritor, pero que estaba un poco loco; que su lectura puede afectarnos; que siendo la obra un reflejo de la vida, por el mecanismo de la proyección, lo que leemos en su producción revela pasajes de su vida, y entonces él debió desear fervorosamente la muerte de su padre y hasta es probable que haya violado a una niña. Sabemos también que la herramienta del psicoanálisis puede darnos con qué entender a sus personajes, cómo diagnosticarlos y de qué modo resolver las múltiples contradicciones que la vida y la obra del autor nos presentan.
Guiados por Freud, sabemos que Dostoievski tenía la ética de un bárbaro, que era un ser masoquista pero que se mostraba sádico con sus lectores, y un neurótico; que su arrebato por el juego no era sino una sustitución del onanismo, y por Neufeld, que todo cuanto hizo en la vida, incluida la obra, procedía de no haber superado su complejo de Edipo.
¿Y si tratamos de desestabilizar esos saberes, o, mejor dicho, de desestabilizarnos en esos saberes? Para ello, deberíamos tener en cuenta que el psicoanálisis, en sus orígenes, al igual que Dostoievski para el mundo occidental, era algo excéntrico.
Si proponemos estudiar el encuentro fallido entre Dostoievski y Freud, el acento debe ponerse en el entre: lo que sigue no es un trabajo sobre Dostoievski o sobre Freud, sino sobre lo que entre ambos sucedió. Al final, propongo una serie de consecuencias que a mi modo de ver ha tenido la práctica del psicoanálisis en parte derivadas de ese fallo.