El enigma de la Camaleona
El Enigma de la Camaleona es una novela histórica, con dos principales personajes femeninos y varios secundarios, participantes, o simpatizantes de la revolución de 1910. Es tiempo de mujeres, y que mejor momento de mostrarle al estado de Jalisco, al país, y al mundo, la historia novelada de una mujer trascendental emergida de la Revolución Mexicana y al mismo tiempo del imaginario colectivo.
La ciudad de Ojuelos, Jalisco, tiene en sus efemérides a Valentina Trinidad Ruvalcaba, conocida como La Valentina, la revolucionaria famosa de la canción del mismo nombre. El cronista del lugar, asegura que, en la iglesia de Ojuelos la bautizaron, y estudiosos e historiadores van y la buscan, tratando de esclarecer su participación en el movimiento citado. A más de cien años y varias transformaciones desde las revueltas, nos compete refrescar el tema de luchas femeninas.
Varios años he estudiado a este personaje, recopilando datos y documentos del tema, en la búsqueda de desmitificar y esclarecer que no es una leyenda la mujer a la cual me refiero, sino de carne y hueso, porque en la generalidad, la participación de ellas en la revolución, se trata de mujeres atemporales, valerosas, dignas de respeto, y reconocimiento a la par del hombre. Lo que encontré hasta ahora, me maravilla y sé que debo plasmarlo en este libro.
Lo que hallé en mis pesquisas previas, y sin romantizar, es la resiliencia de esta mujer, Valentina, una vida con matices de tema de novela. Y más, porque no solo ella, fueron muchas mujeres de distintos bandos de la lucha armada, cada una con distinta historia, aunque solo se glorifique a María Pistolas, La chamuscada, La Adelita, Juana Gallo, la Rielera, la Guerrillera, por ser del dominio público gracias a la filmografía y a sus corridos.
Las dos mujeres dan vida a esta historia ¨El enigma de la camaleona¨, de la época de la revolución, con descubrimientos inesperados, sorprendentes, y que termina muchos años después, cuando estaban en la tercera edad, y el país ya pacificado en apariencia, sin conocerse entre ellas, ni cruzarse jamás una con la otra. Tratándose de un claro caso de suplantación de identidad, acción considerada en este caso, desplegada de una mujer hacia otra, con impunidad.
¿Cómo puede alguien engañar a tanta gente, incluso al mismo ejército mexicano con necesidad de erigir héroes y heroínas? Y no ser descubierta. Olvidarse de sí misma, renegar de la propia historia de vida, para apropiarse de otra, y llenarse de gloria ajena, de reconocimientos, sin un ápice de remordimiento para su congénere a quien suplanta y la que muere en total indigencia, en desamparo. Y aun con todo eso, ninguna de las dos deja para la posteridad silencio total, solo preguntas, que esta novela habrá de contestar.
Jalisco es un estado con orgullo de mexicanidad sobresaliente y la historia nos dice que en la revolución mexicana fue un parteaguas. Mujeres y hombres participaron buscando un cambio necesario. Daré a conocer a las nuevas generaciones a estas mujeres valientes, que tomaron las armas junto a sus Juanes, buscando cambios para el país que estaba bajo la dictadura porfiriana, apoyando en las revueltas armadas a los maridos, padres, hijos o hermanos.
Información recabada a través de varios años, para dar un tratamiento mucho más humano, menos ensayístico, tanto de aquel fenómeno social como de los participantes. Se trata de una Novela Histórica, que desmenuza y muestra a la llamada soldadera. Esclareceré el perfil real de ellas, de Valentina en especial, para enriquecer el conocimiento de aquella época, no solo dirigida a los apasionados de la Historia, también a los amantes de la lectura. Para mostrar a los estudiantes a las mujeres de esa época, y mencionarse como antecedente de la llamada Liberación femenina.
Se sabe que, desde el año de 1915, durante la revolución, las mujeres organizadas se reunían en Congresos para alzar la voz y solicitar reconocimiento a sus derechos, a la educación, a emitir su voto en las contiendas electorales. Y he de contar de manera amena de una mujer destacada, que dio nombre a mi novela: El Enigma de la camaleona. No ceso en el intento de acercar al lector a la Historia de México, y a los personajes sin misticismos. Plenos de pasiones. Acciones buenas y malas. Reales.
Nos debe mucho la revolución, iniciada antes de 1910, a algunos nos dejó huérfanos de historia, la razonada, tal y cual sucedieron los hechos, alejados de mitos. Observen, analicen el presente y la manera como tergiversan la información los del poder para hacerlo, imagínense el ayer, y a tantos años de distancia, con mayor razón. Lamentable que la mayoría de los mexicanos no tengamos memoria.
Inconstantes en nuestros juicios a priori vamos de un extremo a otro, rayando en lo absurdo y no les concedemos a los héroes nacionales la ventura de ser humanos, los queremos perfectos, plegados a nuestro anquilosado criterio de resplandor. A los apasionados de la Historia nos toca desentrañar la verdadera naturaleza de los personajes de nuestra fascinación.
A razón de la importancia que representa para quien esto escribe, les comparto que no sabemos dónde está la tumba del abuelo revolucionario, padre de mi padre, porque tenemos la desventura de ignorar de su hacer en el paso por esta vida. En la familia suponemos que murió en las afueras de una Hacienda en Zacatecas, San José de Llanetes, donde trabajaba, y de donde lo sacaron los revolucionarios con intenciones de matarlo, en 1917 y jamás volvió a saberse de él.
Ha de haber injustamente merecido una fosa clandestina, eso preferimos creer, o tal vez abandonaron su cadáver en el monte, sin huella para seguir. También es probable que haya sido otro cualquiera entre cientos de colgados en los árboles de los aciagos caminos de esa ciudad, capital de la plata, y sin la gracia de Dios, que todo lo ve, asesinados por verdugos bellacos, con el pretexto de la revolución, porque sus cuerpos ya sin alma, pendieron balanceándose tenebrosamente de una soga.
De aquella desdicha resulta mi encantamiento por los sucesos del período revolucionario. Hechos e imágenes que reviso hipnotizada. Podemos imaginar el horror de esa guerra. Descubrimos que, en hilera macabra y para ahorrar balas, ahorcaban a esos desventurados, casi siempre de la clase baja, de hecho, las clases sociales eran inexistentes. Pocos tenían mucho, muchos tenían nada. El hambre y la injusticia los hizo tomar los fusiles.
Se trataba en su mayoría de peones o campesinos ultimados en postes por donde pasaban los cables de uso telegráfico, lo mismo que en ramas de árboles de aquellas amargas veredas que condujeron a las revueltas sociales, con causales de hartazgo, con arbitrariedades ya insoportables y por la decadente estrategia porfirista para gobernar. Y todo tiene un fin, tarde o después.
Para desgracia de los revolucionarios, cuando resultaban aprehendidos por el enemigo, durante los enfrentamientos belicosos, raramente sobrevivían, los asesinaban frente a improvisado pelotón de fusilamiento, les aplicaban la Ley fuga sin juicio alguno, por los delitos de sedición y de participar en ese estallamiento social llamado Revolución Mexicana, también conocida como la revolución de las traiciones. (período oficial 1910-1920).
Se perdieron muchas vidas, hombres, mujeres y niños lidiando en diversas batallas y en especial en la que sería la pelotera más sangrienta de la revolución, la Toma de Zacatecas. Ocurrida en el solsticio austral del verano, en junio de 1914. Ahí estuvo mi tatita, con harta muina en el rostro, a veces lo entreveo colgado, con su lengua de fuera, desorbitados los ojos, amoratado desde el cuello, huarachudo, vestido de largo calzón blanco raído, la cara de lado, bien tieso pero henchido de dignidad, colmado de cansancio por la opresión de los de arriba.
Así logro imaginarlo a través de la centuria que nos separa. Y le diría sin disimulado dolor, de poder hacerlo, aquí está todo igual desde que te fuiste, Tata. ¡Mira que perder la vida a lo pendejo! Sin que nadie los recuerde, ni entienda el significado de aquella revolución.
En específico las mujeres revolucionarias a partir de entonces comenzaron a romper roles femeninos impuestos y ancestrales. Agravada la situación por la miseria, con alta mortandad por desnutrición y escasos servicios médicos, ni que decirse de la educación. Dejar morir de hambre al ser humano es uno de los peores pecados de lesa humanidad.
Y he de platicarles, que, en un día lejano, fresco en la memoria, de los años setentas, conocí a la coronela Valentina. Ella vestía de uniforme militar, portaba sombrero oficial del Ejército, ostentaba su grado, tres estrellas, coronela. Protagonista del tema que me domina. Sin saber entonces mucho de su perfil histórico la guardé en mis recuerdos.
Por eso heme aquí, heredera de rebeldías frustradas, hechizada por esa insurrecta que no logró reconciliarse con su sexualidad, vitalidad intrínseca del ser humano, aunque sí intentó hacerlo con la existencia. Personaje casi olvidado por historiadores en quienes recae la responsabilidad mayor de su rescate. La coronela Valentina, para aquel momento en que la vi, entrada en años, en el cuarto piso, frágil en apariencia, pero con un manifiesto temple de acero, sin debilidades según sus conocidos, no supo de amores, ella lo expresaba, pero refrendaba su pasión por México.
Con respecto de familiares, sólo se le reconocen a sus adorados Cátaro y Raquela, supuestos hijos adoptivos. Con los cuales a duras penas conseguí entrevistas, pero, a decir verdad, fallidas.
¿La Valentina bisexual por atreverse al desafío en un mundo de hombres? Conceptos o etiquetas imputadas a mujeres con la personalidad y carácter de ella. ¿De dónde le venía tanto valor? El coraje para empuñar el fusil y participar en varias tomas de sitio, en Sinaloa, en Mazatlán, Culiacán, lo mismo que en Topia, del estado de Durango, no eran actitudes de una buena mujer, para la opinión generalizada en la época de mujeres sumisas.
Lo cierto es que brilló con luz propia, tanto, que no logramos ignorarla. A esos seres de luz, poco se les perdona la audacia de atreverse a ser. A la distancia, despierta el morbo, pero no importan ni debieran preguntarse sus preferencias sexuales, yo la definiría como una vital mujer libre y plena. Y muchos optan por engrandecer la leyenda.
Alguna vez me preguntaron, ¿puede considerarse una de las mujeres del legendario revolucionario Francisco Villa? contesté que el General Villa, con su fama de ojo alegre y mujeriego, no la habría dejado írsele viva, además ella, cuando quería, suspiraba al platicar o tocar el tema de Villa. Presumía las finas botas negras de piel de venado, que calzaba hasta las rodillas, regalo de él. Su gloria va más allá de ser o no, la amante favorita de nadie.