El charco de Narciso
Allí donde el hombre —no en tanto humanidad, sino como entidad masculina en la danza del cosmos— se desconcierta en su extrañamiento, la sustancia describe y los objetos se vuelven excusa para explorarse. El amor ya no demanda del otro, sino del propio ser: Narciso no busca su completud en la mirada ajena, sino que en el charco se contempla junto al universo que también es mujer, ciudad y cuerpo. De este modo, David Makia nos muestra que el amor puro no pide imposibles, sino cuidado.