Escalar por los peldaños de la sangre al sol
En Escalar por los peldaños de la sangre al sol, Aranzazú de Santiago escribe desde una zona de riesgo: allí donde el lenguaje se fractura y el cuerpo recuerda lo que la historia intenta borrar. Su poesía asciende entre ruinas, guiada por una intuición vital que entrelaza la memoria rural, la genealogía femenina y la violencia silenciosa que atraviesa los territorios contemporáneos.
“los volcanes son el corazón acalorado de lo que aún no hace erupción / en el agua que no se mueve sola”, así, se sitúa en ese borde donde toda certeza se vuelve materia inestable. Desde ahí, construye una cartografía de afectos y heridas: cada poema es una tentativa de nombrar lo que persiste —las manos que trabajan, los cuerpos que migran, las infancias que sobreviven— y de reconocer en esa persistencia una forma radical de belleza.
Lejos de la complacencia lírica, Aranzazú propone una escritura que dialoga con el presente sin pedir permiso: incorpora el ruido tecnológico, la devastación ecológica y la precariedad como parte de un mismo paisaje existencial. “un cuerpo es una casa / un cuerpo es un monte”, escribe, fundiendo lo íntimo y lo geográfico en un acto de insubordinación poética: un gesto que se niega a separar la ternura del conflicto, la contemplación del temblor.
Este poemario no ofrece consuelo fácil. Es, más bien, una travesía que apuesta por la imaginación como último territorio habitable, recordándonos que incluso en los paisajes más ásperos puede germinar una forma nueva de mirar el mundo.