Safis vuelvis
Cuando éramos niños, nuestro mundo entero cabía en una
canica, y no porque fuéramos pequeños, sino porque la
atención se concentraba en un solo punto: el momento
del juego.
Este libro nos regresa a la infancia sin pedirnos permiso.
Basta hojear las primeras páginas para darnos cuenta de que
es imposible no recordar, no revivir. Y es inevitable sonreír. Con
nostalgia, nos lleva de paseo por esos caminos andados muchas
veces mientras las tardes de juego nos caían sobre la espalda con
suavidad y calidez.
Juan Daniel nos entrega un puñado de historias, pequeñas
en extensión, profundas en añoranzas de un pasado que formó
generaciones en donde la amistad, el juego y las cosas pequeñas
eran grandiosas.
¿A dónde se fue ese tiempo? Quizás a ningún lado. El tiempo
no pasa, sigue detenido en la memoria. Y muy pocas veces interrumpimos nuestra prisa para contemplar desde el filo del presente
aquellos tiempos tan amados: los amigos entrañables, los olores
y sabores de los días y las calles, los gritos de mamá, los personajes que poblaron nuestra infancia, las peleas con los hermanos
que, al final, se solucionaban con el inicio de un nuevo juego.
El autor nos entrega un primer bloque de recuerdos que también
él comparte, porque han sido sus vivencias. Con un corazón
honesto y sencillo, nos deja ver su infancia: una grieta en el tiempo
en donde cada lector puede ver su propio reflejo.