El sonido de la descomposición
Se entra en este libro como se entra a una sala forense: con el cuerpo alerta, con la respiración contenida, sabiendo que lo que está por mostrarse no busca belleza ni consuelo, sino evidencia. No hay aquí metáfora redentora ni distancia lírica: hay materia en proceso de putrefacción que habla. Este libro incomoda porque no permite distancia. Nos coloca dentro del cadáver social que describe. Leerlo es aceptar que el hedor también nos pertenece. Y quizá ahí radica su gesto más radical: no señalar desde afuera, sino obligarnos a escuchar —sin anestesia— el sonido persistente de nuestra propia descomposición.