Memorias de un puente situado a cosa de 72 varas de altura sobre el nivel de la Plaza Mayor de México
El Puente de San Antonio de Panzacola cuenta parte de la Historia de Coyoacán y San Ángel
La obra de Luis Arturo García Dávalos, "Memorias de un puente situado a cosa de 72 varas de altura sobre el nivel de la Plaza Mayor de México", no es solo una crónica histórica local, sino un manifiesto metodológico sobre la forma de narrar el pasado. El autor se propone un ambicioso ejercicio: utilizar el Puente de San Antonio de Panzacola —una sólida estructura de mampostería de 1763 que libra el Río Magdalena entre Coyoacán y San Ángel— como el testigo principal y "narrador parlanchín" de cinco siglos de historia del sur de la Ciudad de México.
En su "Introducción metodológica" se traza un marco conceptual que se remonta a Heródoto, contrastando la investigación rigurosa con la naturaleza selectiva y conflictiva de la memoria histórica. Sin embargo, el corazón del proyecto radica en su firme defensa del "uso de objetos materiales como elementos narrativos en la Historia", una postura que desafía la ortodoxia histórica de corte positivista. Para el autor, monumentos, artefactos o, en este caso, un puente, son "testigos válidos y elocuentes" que llenan los vacíos de las fuentes escritas, dotando a la historia de un carácter más vívido, humano, emocional y tangible. Esta personalización del pasado permite conectar con tragedias no cuantificables, como el ejemplo de las maletas de prisioneros en Auschwitz.
El protagonista de esta obra es el Puente de San Antonio de Panzacola, presentado como una frontera geográfica y cultural, un nexo entre la laguna de México y el territorio volcánico del Xitle, entre lo civilizado y lo agreste. Su construcción se dio para asegurar el paso durante las crecidas del Río Magdalena, y fue declarado monumento histórico en 1933 y vemos que en su existencia misma atestigua capítulos fundamentales de la historia mexicana, desde las fronteras virreinales hasta la Invasión Yanqui, la Revolución Zapatista y la modernidad de Salvador Novo.
En definitiva, García Dávalos concibe el puente no solo como una estructura, sino como un "archivo de piedra y argamasa", cuyas capas guardan las huellas de migraciones, guerras y sueños colectivos. La obra es una invitación a salir de los esquemas históricos acartonados, ofreciendo una perspectiva original, rigurosa y profundamente atractiva para entender la historia del sur de la Ciudad de México. Es un proyecto que promete convertir un hito estático en un narrador dinámico de la compleja identidad de la Ciudad de México.