Entreletras
Era 1979 y me cuentan que llegué al mundo de forma atrevida, arruinando la cena de Navidad. Imagino el pavo olvidado en la cocina mientras mi madre gritaba de dolor, anunciando la llegada de su segunda hija. Dicen que la amarraron en el hospital al darme a luz. No sé si temían que fuera una amenaza para sí misma o para mí, pero las caricias que me dio con la barbilla en mi cabeza siguen presentes en mi cabello hasta hoy.
Un hecho indiscutible es que mi madre siempre ha sido valiente. Sinónimos como arrojo, bravura, intrepidez, coraje y osadía la definen perfectamente. Crecer junto a sus cuatro hijos, lejos de casa y sin una familia en quien apoyarse, requiere aún más: brío, arresto, audacia, agallas. Toya es su nombre, y así me referiré a ella en este texto. Porque, antes que ser mi madre, ella es una mujer.
Toya comenzó a desarrollar Trastorno de Pánico tras el nacimiento de su primera hija, pero estoy segura de que ya estaba algo “piradilla” desde antes. Su risa es fuerte, sus ojos brillantes, su cabello alocado y su pasión, ilimitada. Nada la ha detenido, ni siquiera el terror más profundo de morir o caer en el abismo de la locura. Porque el Trastorno de Pánico no es poca cosa (algo debí heredar de esta increíble mujer). Detrás de esos pasos firmes y esos cuatro hijos igual de ruidosos que ella, siempre estuvo el miedo que nunca fue un freno.
Creció con nosotros mientras nos criaba. Aunque era firme con sus reglas, siempre conectaba profundamente con nuestros intereses, miedos, penas, corazones rotos y risas. Nos llevó a mil lugares en busca de un sitio donde acampar. Hasta hoy, duerme queriendo sentir que está de campamento: ventanas abiertas y cobijas delgadas. Nota: si vas a dormir en su casa, lleva una manta extra.
Recuerdo que su enojo máximo surgía cuando mi hermano menor decidía hacer popó justo cuando ya estábamos todas en el auto, listas para ir a la escuela. (No culpen al jugo de papaya obligatorio). O cuando nos asomábamos por el balcón y decía que la cabeza pesaba más que el cuerpo (descubrí que no era cierto cuando vimos la Revolución Francesa en la escuela, no hace falta explicación).