La tibia espuma que dejan los siglos al pasar
Estas tibias espumas de Gustavo Ogarrio son “la sinfonía salvaje de todas las cosas cayendo en pedazos”, son la esquina imposible donde todos los desatinos pasados, presentes y futuros parecen suceder al mismo tiempo en una eterna escritura casi automática, que se resiste sin término a mirarse a sí misma, a soñarse, a reconocerse, para que sus sueños no se mueran de frío. Por estas estancias de vida sin final ni principio, fogonazos de instantes, pasan músicas, fotos, canciones, meses, estaciones, destellos de esa felicidad perdida parecida a la infancia, esencias deleznables, sucesos prescindibles que de tanto inventarlos se tornan irreemplazables; nombres de actores emblemáticos y películas vistas que se quedaron colgando en los fulgores de la adolescencia. Es como un mirar sin mirar en esa luz de agosto que transita agónica hacia el otoño próximo.
A cada instante de estas prosas, asistimos al espectáculo de un mundo que parece extinguirse sin remedio, pero que resiste y renace con certidumbres coloreadas de azul acero. Verdades envejecidas por la sustancia de los días que no mueren, que siempre son presente, nacen y son jóvenes, polvo de ceniza que se reconstruye, tarea submarina, muda y vacilante. En el teatro del vacío, en la repetición de silencios, en la calma perfumada que deja el tiempo al pasar, todo se desvanece.
En esta tibia espuma ogarriana se erigen Itacas, eternidades, amnesias, ciudades apenas aludidas, espejos, profecías, que tejen y destejen lo que todos sueñan, el dolor atroz del amor, la desolación de las perdiciones. El autor sabe que está aquí “todavía cruzando la infinita vida, la hermosa vida, la espeluznante vida” y se sabe imaginando futuros, cada vez más cerca de los que ya se fueron.
Jorge Bustamante García