Signo eres, cuerpo
Hay libros que nos exigen silencio. No callar, sino un silencio
espeso, reflexivo, capaz de llevarnos a escuchar lo que
está más allá de sus palabras. Signo eres, cuerpo de Rodolfo
Dagnino es uno de ellos. Leer estos poemas nos obliga a
detenernos, a sentir con la psique y el cuerpo lo que se
desprende de la pérdida, aquello que queda cuando algo
o alguien ha desaparecido, cuando el tiempo se repliega y
desde nuestra memoria corpórea emanan imágenes amorosas
y dolientes. El poemario reclama nuestra atención
íntima desde el primer verso, no porque sea inescrutable,
sino porque cada poema se convierte en un espacio delicado
y feroz donde habita lo vivido, lo soñado y lo ausente.
Al leerlo, asistimos a una poética de la contemplación
y también a una poética del temblor, porque todo
aquí está dicho con plena conciencia y con el golpe certero
de la poesía que nos sacude, sin concesiones al lugar común.
Las escenas —cotidianas, oníricas, amorosas, filiales,
paisajísticas— se instauran con una precisión sensorial que
convierten la experiencia lectora en un pequeño mundo
vulnerable. El cuerpo es, en estas páginas, la inscripción
del deseo y la herida, es la infancia como memoria secreta
del presente, es la muerte terca, es la interrupción abrupta.
Al leerlo, se percibe una voluntad de escucha de lo ínfimo,
lo apenas nombrado, lo que amenaza con retornar.