Del arte de navegar al arte de gobernar
De acuerdo con Maquiavelo, si fuera necesario al gobernante mostrarse como una persona malvada, conviene que así lo aprendiera, y si se ve en la disyuntiva de “ser amado” o “ser temido” por su pueblo, es preferible que le amen, pues eso facilita la relación mando-obediencia.
Pero llegados a la necesidad ineludible de elegir una de las dos… es preferible que le teman, sea por su crueldad o por su vigor, para hacerse obedecer. En este sentido, se ha dicho que es punto menos que imposible gobernar sin ejercer algo de crueldad o de hacerlo tocándose el corazón. Quienes así piensan sostienen que la política no es para personas con sentimientos débiles de misericordia o de perdón. En ese ambiente político, afirman: “se corta lo que se tenga que cortar sin contemplaciones, y punto”.
En política es relativamente fácil defender el camino abreviado de la crueldad con la que el gobernante produce miedo e inhibe al pueblo para que no se atreva a rebelarse y tampoco a resistirse a su poder. A partir de las consignas de Maquiavelo, el arte de gobernar se convirtió en una técnica ajena e independiente de cualquier consideración humana e incluso ética. La mayor parte de los autores que lo critican levantan la bandera de una moralidad o consciencia que parece ciertamente incompatible con la cotidianidad de vivir en un mundo rodeado de personas que actúan como lobos los unos con los otros.
Por una parte, que las personas de mar refuercen su vocación al liderazgo genuino y a la idea primordial de gobierno a partir de sus propias fuentes históricas y literarias; por otra parte, que la gente dedicada a la política vuelva la mirada hacia la importancia de recuperar
el modelo naval para aprender valores olvidados de liderazgo y destreza para gobernar en todo tipo de situaciones o actividades, particularmente aquellas que resultan críticas y exigen una respuesta rápida e inteligente.