El laberinto de Gatatumba
En El laberinto de Gatatumba nadie está buscando la salida.
Quizá lo duden, pero están deseosos de enfrentarse contra
la pared. Los muros se han levantado por obra y gracia de la
piel y nadie duda de su múltiple calidez. El sudor se ha
curtido y ahí germinan miradas extrañas, aquellas que
suelen posarse al centro del hueso. Nunca las yemas de una
mano se sintieron tan llamas, como en estos días de saliva
mansa. Niñas y niños saben de la dulzura de los caramelos y
la confitería de su existencia se ha vuelto muy concurrida.
Entre dibujos y versos (siempre se han creído poetas y
artistas, jijiji), no escucharán palabras sino murmullos y
gemidos. Las nucas se erizan al llamado de la mar y las
espaldas se arquean para entrar al reino. Aquí se intuye al
imperio del espasmo y del silencio. Aunque nada saben de
cierto, se han permitido soñar todo. Cuando llegue el día y la
noche, tendrán su recompensa. ¿Quién podría dudarlo? Ahí
estará la pluma y el pincel, la zapatilla y el vientre, el aliento
y la trompeta… Estos poemas, entre sinceros espumarajos
de libertad, invocan los rituales para saltar al corazón de la
vida, Si alguien se encuentra a dichos personajes (A la Niña
Bella, a Fulana, al Siempre Niño, al Chamaco Descarnado…)
nadie ponga en duda su porción de felicidad.
Eduardo Villegas Guevara