Cuentos de la abuela Cuy
Relatos contados entre corrientes de agua, fauna y fogones
Cada pueblo guarda su historia en más lugares de los que creemos: no solo en piedras antiguas, documentos polvorientos, leyendas o rituales heredados. También en el susurro del viento, en las palabras que se cuentan antes de dormir y en los silencios compartidos entre generaciones.
Los cuentos de la abuela Cuy no son simplemente relatos fantásticos o recuerdos que se desvanecen con el tiempo. Son raíces vivas, caminos de palabra que cruzan las veredas del Valle, los fuegos de la cocina, las hamacas al atardecer y los sueños que aún guardan secretos.
En cada historia —ya sea tejida con picardía, misterio, ternura o asombro— hay una invitación invisible: la de mirar con nuevos ojos lo que hemos heredado. Porque la memoria no siempre llega con fechas exactas, sino con emociones que laten cuando alguien pronuncia el nombre justo, cuando se cuenta “ese” cuento otra vez.
La abuela Cuy, como muchas abuelas, no solo contaba para entretener, sino para sembrar. Y quien escuche con atención, verá cómo esas semillas florecen: en risas, en preguntas, en actos sencillos de amor o en el impulso inevitable de seguir contando... así como los otros cuentos que exploran la imaginación nacida de sitios y vivencias marcados por el intenso calor emanado del rey sol.
Tal vez no recordemos cada detalle con precisión, pero sí lo que nos hicieron sentir. Y esa es, quizás, la forma más noble de recordar. Porque a veces, entre sombra y silencio, comprendemos que lo invisible también deja raíces… y que el tiempo no solo pasa: se queda donde hay fidelidad, ternura y memoria.