¿Puede un gato ser un pez?
Yanina se presenta en estas páginas como un contraste permanente: la casa y el mar, la rutina que conserva y la oleada que la desordena, la costumbre que cobija y la pérdida que desgarra. Su poesía no es una confesión ordenada (todo, menos ordenada) … es una cartografía de tensiones: memoria doméstica frente a la marea interior, alimento frente al abandono, ternura frente a la ausencia.
En ese mapa insistente reaparecen imágenes que la nombran y la explican: la sopa de almejas que traía a casa la voz de su padre, la mesa con sus manchas y sus ausencias, la niña que aún se sienta descalza en la orilla. Estas piezas —y la forma en que las vuelve a mirar— son el material de una identidad que se forja entre olas, los impulsos y las migas de pan.
Lo primero que exige atención es su modo de sentir: Yanina vive en movimiento entre el recuerdo y el presente, entre el rito cotidiano (cocinar, nombrar, esperar) y la radicalidad del agua (romper, arrastrar, recomponer). Esa tensión produce dos fuerzas vitales en el poemario:
una pulcra perseverancia por sostener la pertenencia —la familia, la casa, el idioma del alimento— y, en contraparte, una necesidad urgente de disolución y reinvención que busca en el mar la posibilidad de ser otra.
¿Cómo congregar esas demandas contradictorias sin traicionarse?