Cantar del tigre ciego
Hay poetas que lanzan piedras al agua. Ramón Fernández-Larrea lanza el agua misma. Desde la ironía, la rabia, la ternura o la desobediencia, sus versos fundan una lengua otra: aquella donde el dolor y el humor coexisten como animales salvajes bajo la misma jaula del poema. El tigre ciego no es solo una metáfora —es la condición del que ha vivido a tientas en un país donde se prohíbe mirar de frente—. Este libro, escrito en Barcelona y publicado en México, recoge el pulso de una poesía que no se arrodilla. Su voz es la del exiliado que no se resigna, del habitante que se convirtió en testigo, del sobreviviente que aún sabe reír, amar, herir, cantar.
Aquí, los animales se convierten en espejos, la ciudad en herida y la historia reciente en un campo minado de imágenes. Desde el Vedado hasta la estación Stalingrad, del circo al comité de vecinos, Ramón traza una cartografía feroz e íntima de la caída. Pocos poetas logran sostener la tensión entre la belleza formal y el filo político con tanta consecuencia. Heredero —y traidor necesario— de Baquero, Vallejo y Drummond, Fernández-Larrea entrega en «Cantar del tigre ciego» un libro imprescindible: feroz, lúcido y conmovedor. Un canto donde el grito y el eco se confunden para siempre.