Mayiyi
Libro de Creatividad
Esta es la historia, cuando tienes cinco años y eres el pilón de tu casa, toda tu familia parece tener un lugar claro en el mundo, menos tú. Encontrar el tuyo es como descubrir un rincón de magia y seguridad. Hoy, a mis 27 años, me doy cuenta de lo difícil que ha sido replicar esa sensación.
Mi mamá siempre ha sido una mujer proactiva. Para ella, las clases después del colegio no eran una opción, sino una obligación. Pasé por muchas actividades hasta que, un día, me llevó con Mayiyi.
Recuerdo perfectamente ese primer día. Subí unas escaleras de caracol con una reja llena de dibujos en la pared, como si fuera la entrada a un castillo. Adentro, todo era color: peluches, una cocina de madera enorme, cuentos y juguetes. Y, de repente, la vi.
Era altísima, con el pelo café larguísimo y una energía épica. Hicimos clic al instante. Yo siempre fui una niña aprensiva, de esas a las que no les encanta separarse de su mamá, pero, de pronto, me encontré con una especie de princesa de Disney cuyo único plan era jugar conmigo.
Con el tiempo, ir con Mayiyi se volvió parte de mi vida. En ese espacio sin exigencias ni competencia, lleno de paz y creatividad, aprendí a sentirme grande. Desde la música que escuchábamos hasta las historias que nos contábamos, ella fue el primer adulto que me trató así. Rápidamente, se convirtió en mi lugar favorito. Y ella, en mi mejor amiga, lo cual presumí en el colegio sin parar.
Tengo millones de recuerdos con Mayiyi, pero hay uno que me marcó para siempre: el día de la goma.
Siempre he sido perfeccionista, a un grado intenso. Un día, mientras dibujaba, lo que hice no salió como lo veía en mi cabeza. Con mucho estrés, busqué una goma para borrar.
Mayiyi me vio a los ojos y me dijo: “A veces en la vida no hay goma. Tienes que aprender a que te gusten tus errores.”
Por supuesto, yo quería romper mi dibujo. Pero en lugar de dejarme hacerlo, Mayiyi lo colgó en la pared y me dijo que era el dibujo más padre que había hecho.
Tener a alguien que te enseñe a querer tus errores no tiene precio. Hasta el día de hoy, cada vez que algo no me sale como quiero, intento ser tan buena conmigo misma como ella lo fue conmigo ese día.