Rastrillar la zona
Rastrillar la zona fue mi primer encuentro con Fabricio Gutiérrez. Una conmoción inolvidable, una sensación a la vez física y espiritual de estremecimiento ante la avasallante fuerza de la gran poesía, de la potencia de un lenguaje e ideas manejadas de esa manera. Rápidamente comencé a recomendarlo con efusividad. Entonces dije de Fabricio que era el niño prodigio de la poesía mexicana. No por la edad, evidentemente, sino por su percepción, por su asombrosa imaginación. Le bastará al lector y lectora asomarse al primer poema de este espléndido libro. Fabricio es capaz de subvertir la realidad (tanto la de la vigilia como la onírica) sin restar un ápice de potencia a ninguna de las dos (o tres, porque sus poemas siempre construyen una realidad distinta y distante acaso, y siempre intensamente gratificante y sorprendente). Su estilo es quizás el más fácilmente distinguible entre los poetas mexicanos contemporáneos. Y es uno que seduce hondamente, uno al que no se quiere hacer otra cosa que regresar, regresar con frecuencia, porque ese mundo solo existe aquí, en estas páginas terriblemente hermosas.