La retroalimentación
Redescubriendo un tesoro de la educación
Los seres humanos somos curiosos por naturaleza. En un inicio, nos preguntamos todo: bombardeamos a nuestros padres y personas cercanas con mil “¿por qué?”. Queremos saber, aprender, conocer, y no nos conformamos con respuestas simples. Sin embargo, con el tiempo, esa curiosidad va menguando hasta quedar casi en silencio.
Nos limitamos a “vivir” una rutina, a cumplir una tarea tras otra, sin ese entusiasmo que teníamos en la niñez. Nos despertamos sin detenernos a pensar: “¿Por qué en este horario soy más productivo en el trabajo? ¿Realmente debería serlo?”. Tomamos una taza de café sin cuestionarnos por qué se llama “americano”, “flat white”, “capuchino” o “doppio”, ni cuál es la diferencia entre uno y otro. Simplemente pensamos: “¡Qué más da! Así es y ya”. Al llegar a casa, nos quitamos los zapatos o nos ponemos unos más cómodos, pero rara vez nos preguntamos por qué.
La retroalimentación que obtenemos de todas estas preguntas juega un papel crucial en nuestro interés y en las futuras dudas que nos planteamos. Puede alentar y nutrir nuestra curiosidad, o bien, todo lo contrario: apagarla por completo y quitarnos las ganas de seguir aprendiendo. Lamentablemente, la experiencia nos muestra que suele ser esta segunda opción la que termina sofocando nuestro lado curioso. Malas prácticas educativas y muchas limitantes en el proceso de retroalimentación le enseñan al alumno que la curiosidad mató al gato y es mejor no cuestionar ciertas cosas.
Y si te dijera que eso también era retroalimentación, ¿me creerías?